Pasar al contenido principal

¡Todos somos capaces de reconstruirnos!

¡Todos somos capaces de reconstruirnos!
3 min. de lectura

Subimos al avión cargadísimos porque el viaje era sólo de ida, aún así muchas cosas habíamos dejado atrás. Entonces me di cuenta que muchos pasajeros se asomaban y pedían a sus acompañantes que vieran al osito de peluche que parecía caminar sólo frente de mí. Este es uno de mis más bonitos recuerdos de Xavier, mi primer hijo, cargando a los 2 años recién cumplidos con mucha responsabilidad su peluche.

En ése entonces yo creía que nosotros siempre íbamos a ser inseparables.
Al poco tiempo que su padre empezó sus visitas, empezaron las manipulaciones, llegaba llorando desconsoladamente y yo debía devolverle el ánimo propio de un niño. Un lunes en la mañana seguía mi misión de mostrarle cuantas cosas habían para reír y terminamos jugando en el piso, él sentado sobre mí me miró sonriente y extrañado me dijo: “-Sabes una cosa mamá?!... Tú no eres mala!” Al poco tiempo me llegó la primera demanda judicial por la tenencia de mi hijo. (Así se dice en Argentina tener el cuidado del hijo)
Pasaron años y en lugar de acostumbrarme cada vez fui sintiéndome peor, cada vez que Xavier salía corriendo y daba vuelta a la esquina, yo me alteraba y corría hasta volver a tenerlo a mi alcance, cada vez que su padre tardaba en regresarlo a la hora acordada yo entraba en pánico. Lo peor de todo, no tenía otra ocupación más que atenderlo y me había encerrado en un círculo vicioso que no me dejaba rehacer mi vida. Otra imagen muy clara que recuerdo es un día que lo observaba jugar desde lo alto, me sentía tan mal que me daban deseos de morir, simplemente dejar de existir y entonces me di cuenta que lo único que me retenía era él, que mi hijo aún me necesitaba y por un momento eso me enojó, en ése mismo momento lo observé por primera vez desde otra óptica, lo observé como un niño inocente, no como mi hijo, sino como lo que en verdad era, un niño inocente y lo quise aún más! Pasaron los años, conseguí trabajo y empecé a reconstruir mi vida. Me enamoré de un mexicano, de sus pensamientos y sentimientos que demostraba en cada correo electrónico y entonces todo podía ser posible, viajó desde México a Argentina y nos casamos, pronto me quedé embarazada.

Fue tan rápido e intenso, tan difícil de expresar con palabras… Un día Xavier no volvió de la escuela y yo me aterroricé, por supuesto que el 99% de las posibilidades eran que estaba con el padre, pero el 1% de posibilidad de que le hubiera pasado algo malo fue suficiente para sentirme inmensamente aliviada cuando me dijeron que el niño había aparecido en la casa de su padre, que él sólo se había ido de la escuela para allá.
No se trataba sólo de mis sentimientos, en mi casa estaba mi madre cuidando a mi bebé que aún no cumplía un año, mi esposo a mi lado tolerando lo que no merecía, e incluso mi hijo mayor, que tenía 9 años entonces, arriesgándose a que pudiera tener algún accidente. Me di cuenta que esa no era vida para nadie... Y aunque el juzgado seguía dándome mi lugar como madre, acepté que se quedara con su padre. La asistente social que estaba presente me extendió su mano para felicitarme, también puedo recordar su mirada comprensiva que sirvió de mucho para que mantuviera me decisión todos los días siguientes. No fui la madre perfecta que todo hijo quiere, tampoco pude ser la madre que yo hubiera preferido para mi hijo, ni siquiera fui la madre que soy de mis dos hijos menores, León y Oriol, pero tampoco fui una madre que merecía todo eso… Pasaron 7 años y aún me duele, pero sobreviví.

Ahora vivo en México felizmente casada, ser madre junto a un padre con objetivos comunes es fantástico, no es que no tengamos diferencias, las hay y las discutimos, a veces no muy moderadamente, pero eso me hace sentir que estamos bien, porque como decía mi abuela: Si hay parejas que no tienen ni un sí ni un no, será porque no se hablan… Tengo una familia maravillosa, mi hijo León de 8 años es un buen alumno que se destaca por lo inquieto y noble, aquí en México nació Oriol, mi hijo de 4 años de carácter fuerte y un corazón enorme, no existe un solo día que no nos abracemos y nos digamos cuanto nos queremos… Cuando cumplí 40 años hice una evaluación de mi vida, y un día sorprendí a una compañerita de mi hijo mirándome con simpatía, me di cuenta que muchas niñas me miran como si yo fuera su muñeca de tamaño real y hecha mamá.

Entonces no me sentí mal de cumplir 40 años, porque me vi en los ojos de ellas y comprendí que cuando yo tenía su edad hubiera querido ser la mujer que hoy soy. No tengo todo lo que quiero, pero quiero mucho lo que tengo.
Si mi vida tiene alguna moraleja, es que reinventarse no sólo es posible sino que hace mucho más valiosa tu vida. ¡Todos somos capaces de reconstruirnos!

Añadir nuevo comentario

HTML Restringido

  • Etiquetas HTML permitidas: <a href hreflang> <em> <strong> <cite> <blockquote cite> <code> <ul type> <ol start type> <li> <dl> <dt> <dd> <h2 id> <h3 id> <h4 id> <h5 id> <h6 id>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.
CAPTCHA
Esta pregunta es para comprobar si usted es un visitante humano y prevenir envíos de spam automatizado.